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9 agost 2020

¿Qué puede hacer la cooperación ante la pandemia?

¿Qué puede hacer la cooperación ante la pandemia?

La dimensión global y la solidaridad internacional siguen siendo clave para nuestra supervivencia como país y como humanidad.

¿Con todos los problemas que tenemos en nuestro país por qué debemos detraer recursos para la cooperación? ¿Qué es más relevante, los campos de personas refugiadas o el desempleo en Europa? Encontrar la respuesta adecuada a esta pregunta es clave si no queremos perder otra década crucial.

Fuente: Coordinadora de ONG para el Desarrollo España

Cuando imaginamos qué puede hacer la cooperación en tiempos de pandemia, el primer impulso es pensar en un contenedor de mascarillas. Y es verdad que las mascarillas son muy importantes y mejor si se producen localmente y con materiales reutilizables – al paso que vamos habrá más mascarillas flotando en el mar que medusas –. Aunque la distribución de material sanitario puede ser parte de intervenciones más integrales de acción humanitaria, esencial para 100 millones de personas en todo el mundo, es necesario ensanchar la mirada de cuáles son las posibilidades de la cooperación internacional como política de Estado y como promotora de coherencia de políticas en ámbitos en los que las acciones de control de la pandemia tienen repercusión – muchas veces negativa – en otros países.

La fase de control de la pandemia en Europa ha permitido recuperar una cierta perspectiva internacional sobre el problema y que es de responsabilidad abordar el debate sobre qué somos capaces de hacer a nivel internacional. Como señaló Oxfam recientemente, «si no se toman medidas, 40 millones de personas podrían morir y 500 millones se verán arrastradas a la pobreza en el Sur global». El plan global de respuesta humanitaria de Naciones Unidas alerta sobre el previsible aumento de conflictos, inseguridad alimentaria y pobreza en 54 países a medida que las economías se contraen y los ingresos de exportación, remesas y el turismo desaparecen.

La AOD es una parte importante de la solución. El problema es que el sistema de ayuda internacional llega sin aliento a la pandemia.

La ONU ha sacado la calculadora: para hacer frente a la crisis de la COVID-19 de manera solvente en el mundo en desarrollo, serán necesarios 2,5 billones de dólares – dos veces el PIB español en un año –, de los cuales 500 mil millones de dólares serían Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) extra, tres veces más que la actual y 6,7 mil millones de ayuda humanitaria – 43,5% más –. Aunque pueda parecer mucho dinero, Oxfam recuerda que se trata de una cantidad equivalente a la fortuna de los tres hombres más ricos del mundo o una parte sustantiva de los impuestos evadidos por las corporaciones tecnológicas en los últimos años. Lo que hay que recordar es que la AOD – especialmente la que contribuye directamente a reducir la pobreza y la desigualdad – es una parte importante de la solución, junto con el alivio y la cancelación de deuda; el esfuerzo es de obligación según los compromisos internacionales; y además, es una medida relevante para frenar de manera eficaz consecuencias de la pandemia que pueden generar gran sufrimiento y desestabilización en amplias regiones. El problema reside en que, tal y como muestran las últimas cifrasel sistema de ayuda internacional llega sin aliento a la pandemia, con un esfuerzo clavado en el 0,3% a nivel global, y que las dificultades presupuestarias y la propaganda del «nosotros primero» o «solo nosotros» podrían hacer mella en gobiernos de escasas convicciones internacionalistas.

Virtudes y desafíos de la cooperación en tiempos de pandemia
El Gobierno llega a este escenario presentando una estrategia de cooperación COVID-19 ambiciosa y con intención de seguir impulsando un perfil multilateral en ámbitos como la salud global, la Agenda 2030 o la Agenda de Financiación del Desarrollo. La estrategia ha sido dialogada con los actores sociales – ver la valoración de La Coordinadora – en el Consejo de Cooperación y presentada en el Congreso de los Diputados el pasado 18 de junio. Este proceso tiene dos virtudes y dos importantes desafíos. La primera virtud es poner encima de la mesa el debate de nuestro papel en el mundo, sacudirse la inercia ombliguil y reconectar con esa parte de la ciudadanía que siente que también es importante implicarse cooperativamente en los asuntos globales más, si cabe, en la crisis actual. La segunda virtud, el reconocer que España posee un sistema de cooperación internacional resultado de tres décadas de esfuerzo – apuntalado en una ley que data del primer gobierno Aznar –, compuesto por un entramado complejo de instituciones y actores que funcionan en un ecosistema dinámico y enraizado en todo el Estado, que construye diariamente puentes internacionales de solidaridad y colaboración. Solo las ONG de Desarrollo implicamos a 2,4 millones de ciudadanos y ciudadanas en todo el Estado en iniciativas que trabajan con 35 millones de personas en 114 países.

Los desafíos internacionales actuales retratan las dificultades de estar a la altura como país e invitan a una reflexión sobre la importancia estratégica de recuperar la cooperación internacional.

Los desafíos…. Primero, al igual que ha sucedido en otras políticas públicas, la COVID-19 y los desafíos internacionales asociados retratan las dificultades de estar a la altura como país e invitan a la clase política a una reflexión sobre la importancia estratégica de recuperar la cooperación internacional. Recordemos que España se situó en 2019 por detrás de Hungría en esfuerzo de ayuda – consolidando ocho años de AOD genuina por debajo del 0,2% – y que somos el único país entre las 20 mayores economías del mundo que redujo sus aportaciones al sistema de Naciones Unidas a la mitad entre 2008 y 2018.

El segundo se llama coherencia de políticas para el desarrollo, y son las gafas que nos permiten ver la coherencia total en la ayuda o apoyo del que se hace gala. En la estrategia hay muchas aristas que pulir si miramos el exceso de instrumentos de crédito y la falta de ambición en relación a los compromisos de deuda o con los espacios fiscales progresivos. También se observa que el compromiso con la universalidad de las vacunas como bien público – lo que implica patentes abiertas y no exclusivas – y la garantía de la salud global como derecho, tendrá enfrente un potente mercado oligopolístico en manos de pocas corporaciones globales; existe vaguedad en lo que se refiere a los temas de securitización de la ayuda. Todo ello lanza un apelo a la necesidad de seguir avanzando en este enfoque y en los mecanismos de gestión dentro del Estado que velen por preservar el foco en el desarrollo sostenible y los derechos humanos.


No dejar a nadie atrás ni aquí ni en ningún otro sitio

Con todo, alguien podría cuestionar: ¿y con todos los problemas que tenemos en nuestro país por qué debemos detraer recursos para la cooperación? ¿Qué es más relevante, los campos de refugiados o el desempleo en Europa? Encontrar la respuesta a esta pregunta es clave si no queremos perder otra década crucial, como sucedió en 2008. La retórica que justifica nuevos ajustes o que determina lo que es prioritario en un contexto de situación extrema va a seguir ahí. Mientras tanto, los paraísos fiscales seguirán siendo opacos, los rescates se destinarán a activos varados y los especuladores operarán sin regulaciones. En la salida de la anterior crisis, se desmantelaron dos tercios del sistema de cooperación bajo esta excusa; esos fondos se sumaron a los múltiples recortes que sufrieron las políticas públicas sociales con el fin de rescatar a los bancos españoles. De aquella época heredamos el desplome de los indicadores sociales y el riesgo de una fragmentación social profunda y que ahora se profundiza.

No será fácil explicar a una ciudadanía agotada y estresada ​​que la dimensión global y la solidaridad internacional sigue siendo clave para nuestra supervivencia como país y como comunidad global. Aunque no estamos en el mejor escenario para explicar los problemas de las mujeres en los suburbios de las grandes urbes del Sur global, la situación de los niños y niñas en los campos de refugiados, la persecución a los colectivos activistas de África o Asia o a los pueblos indígenas en la Amazonía, empezamos a entender que hay una oportunidad de conjugar la solidaridad internacional – y con ella repensar el sistema de cooperación –. Esta oportunidad solo tiene sentido en un marco de políticas en el que no dejemos a nadie atrás, ni aquí ni en ningún otro sitio.

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